UN DÍA PERFECTO

Se baja del coche de línea junto a la playa. Suelta la bolsa en el primer hueco entre las toallas y se libera de los zapatos. Se sienta abrazada a las rodillas para contemplar el horizonte, el cielo diáfano, la cadencia de las olas, ajena al barullo de los bañistas. Aspira hondo el aire yodado, se levanta, se desabrocha la blusa, la falda, las deja caer en la arena.

¡Una señora en paños menores! El murmullo se extiende en ondas concéntricas, se acelera cuando se quita el sostén, la faja y las bragas y recorre despacio el laberinto de sombrillas como Dios la trajo al mundo.

El mar la acoge para bautizarla de nuevo. Siente a sus espaldas miradas de envidia, de odio, de lujuria, juega con las olas, retoza, sale y vuelve a entrar a saltitos, se zambulle, hace el muerto, el pino, el delfín.

Apenas media hora más tarde dos tricornios espejean al sol, acercándose. Les espera tumbada en la arena, despreocupada también de la comida y el alojamiento en el mejor día de su vida.

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